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Cazador.

 Aprendí a llorar a mis 30 años. Quizá te estés preguntando cómo “aprendí” a hacer algo que se genera de forma natural. Bueno, resulta que durante toda mi vida tuve que evitar llorar, esconderme para llorar, fingir fuerza y demostrar un temple inigualable desde mis cinco años.


No vale la pena que te platique por qué tuve que des-aprender a llorar, lo crucial es que me ha costado terapias psicológicas y psiquiátricas entender que no es algo negativo, que es necesario, que tampoco es un símil de debilidad o flaqueza; que es algo muy sano.


Tengo meses evitando abrir una hoja en blanco para limpiarme con palabras, para LLORAR. El miedo y ansiedad que me ha ocasionado evitar mis propios pensamientos plasmados, ha sido casi una pesadilla que se vive despierta, afortunadamente ya superé ese bache.


¿Te ha pasado que sobre piensas las cosas, te duelen, quieres gritar y no puedes?


Hace unas horas me sentía en modo avión, rogaba por estar berreando mientras planeaba escribir lo que siento… pero no salía nada, sentía un vacío, un hueco, estaba entablada.


Y aunque he querido escribir por mil razones más que me han quitado el sueño. Hoy escribo para mi perro de 11 años que jamás pudo leerme, pero sí verme, sentirme, oírme y hasta morderme.


Jagger, lograste lo que ninguna fuerza humana, ni siquiera la mía hiciera que escribiera de nuevo.


Tu corazón está dando sus últimos latidos, tu respiración cada vez es más lenta y pausada. Y aunque quisiera que me sigas haciendo enojar saliéndote de la casa y hacer como que nadie te persigue, esta vez sí necesito dejarte ir. En esta ocasión ya no puedo ir tras de ti esperando pacientemente a que te detengas y regresar juntos a casa. 


En esta ocasión ya te dejo ir, porque necesitas irte, tranquilo y en paz. Te trajimos a escondidas y sin permiso. Ahora te despediremos juntos y agradeciéndote por habernos recordado que nuestras vidas sin perros, no es, ni será la misma.


Gracias viejito, nunca olvidaré esos abrazos ni esa sonrisa.

Buen viaje.


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